El «Alumbrón» definitivo será poscomunista
En la inmensa mayoría de los países del mundo, a la interrupción del suministro eléctrico se le llama lisa y llanamente «apagón». Es la anomalía, el accidente, la falla temporal que detiene la vida por un par de horas. En Cuba, sin embargo, el colapso ha invertido hasta el peso de las palabras. Para los 9,6 millones de habitantes que resisten en la isla, la anomalía es tener electricidad. Por eso hoy la calle celebra con resignada ironía el «alumbrón», ese efímero momento del día en el que los focos se encienden tras horas interminables de penumbra.
Esta trágica resiliencia esconde el fracaso estructural de un modelo agotado. Los reportes oficiales ya no pueden maquillar el desastre. El último parte de la estatal Unión Eléctrica (UNE), fechado el 21 de junio de 2026, es de una crudeza lapidaria: frente a una demanda máxima de 3.100 MW en el horario pico, la disponibilidad del Sistema Eléctrico Nacional fue de apenas 1.160 MW. Estamos hablando de un déficit de 1.940 MW; es decir, casi dos tercios del país apagado. Termoeléctricas obsoletas, históricas unidades fuera de servicio —como la Máximo Gómez o la Antonio Guiteras— y 106 centrales de generación distribuida paralizadas, sencillamente, por falta de combustible.
¿Qué pasó con las grandilocuentes promesas revolucionarias? Hace exactamente veinte años, en 2006, Fidel Castro bautizaba ese calendario como el «Año de la Revolución Energética», asegurando con soberbia que «nada podrá impedir que el país multiplique su capacidad de generación eléctrica». Las cifras actuales desnudan aquella quimera. Lejos de multiplicarse, la energía en Cuba no ha hecho más que caer en picada. Los datos globales son contundentes: de un pico de consumo de 1.856 kWh per cápita en 2018, el suministro se desplomó a 1.387 kWh en 2023 (niveles paupérrimos si nos remontamos al historial de los años 2000). Para peor, la cacareada «revolución» nunca llegó a ser verde: más del 95% de la matriz energética cubana sigue dependiendo exclusivamente de los combustibles fósiles.
La explicación geopolítica de este colapso es tan simple como devastadora: Cuba vivió durante décadas de la caridad ideológica ajena. Primero llegaron los enormes buques soviéticos; luego, los cargueros subsidiados del régimen venezolano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Hoy, Rusia y Venezuela tienen sus propias urgencias existenciales, y en el mundo real nadie regala petróleo a pérdida. Como bien resumió en su momento el senador estadounidense Marco Rubio al analizar el esquema parasitario cubano: «Ellos no tienen energía, no tienen petróleo, pero vivían del petróleo de Venezuela». Al cortarse ese grifo gratis, la isla entera quedó a oscuras.
La administración de los recursos del Estado hoy se asemeja al drama de la «sábana corta» en su versión más desesperante. El gobierno castrista tiene, en términos figurativos, un pequeño bidón de cinco litros de combustible y debe decidir, gota a gota, cuánto destina a encender los generadores eléctricos y cuánto a las gasolineras para mover a los emblemáticos «almendrones» o al escaso transporte público, obligando a los ciudadanos a sacar turno hasta para poder viajar.
Por supuesto, la narrativa del Palacio de la Revolución insiste en el mismo disco rayado. Miguel Díaz-Canel acude sistemáticamente a la victimización, culpando de los apagones a «las complejidades diarias que nos impone el bloqueo». Sin embargo, acorralado por un pueblo que ya no come vidrio, el propio líder del régimen tuvo que admitir recientemente en un acto de sinceramiento interno que «hay trabas que no vienen de afuera ni del bloqueo». Esas trabas reales son la inoperancia, la ineficacia y la negligencia absoluta de un Estado planificado que fracasó.
El contraste social es lisa y llanamente obsceno. Mientras la población padece apagones que devoran el día entero y sufre un hambre generalizado, la cúpula del poder, el círculo íntimo de la familia Castro y el todopoderoso holding empresarial militar de GAESA (dueños reales de los hoteles, los puertos y los dólares del país), disfrutan de recintos con aire acondicionado ininterrumpido y mesas bien servidas.
Esta crisis trasciende lo puramente energético. No es un problema de cables o turbinas; es el síntoma terminal de un sistema político en bancarrota. Como bien describió el presidente estadounidense Donald Trump sobre el accionar de La Habana: «El comunismo ha destruido una nación, tal como el comunismo ha destruido todas y cada una de las naciones donde se ha intentado».
Los cubanos están hartos de las justificaciones foráneas y de vivir rogando para que llegue un barco salvador a tapar los agujeros de una termoeléctrica centenaria. Tarde o temprano, la sábana corta no dará para más. Y cuando finalmente se rompa, el verdadero y definitivo «alumbrón» en Cuba será, sin dudas, poscomunista.