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Opinión Hungría · Unión Europea

Dejando atrás a Viktor Orbán, una efímera espina rusa en Europa

Durante los últimos años, el mapa geopolítico del Viejo Continente tuvo una anomalía indisimulable: Hungría funcionaba como la espina rusa que Vladímir Putin mantenía clavada en el corazón de la Unión Europea. Sin embargo, la historia reciente ha dado un giro drástico con la llegada al poder de Péter Magyar, el nuevo primer ministro que busca barrer con el legado de su antecesor.

La salida del gobierno de Viktor Orbán y su partido, Fidesz, representa el fin de una administración ampliamente reconocida como rusófila. Orbán había dominado el arte de la obstrucción dentro de la Unión Europea, aprovechando que el bloque exige que todos los Estados miembros estén de acuerdo para avanzar a una velocidad común. Con ese poder de veto, Hungría frenaba sistemáticamente cualquier intento de enviar ayuda a Ucrania o de consolidar la defensa europea frente a Rusia. El nivel de sumisión era alarmante: apenas finalizaba cualquier reunión europea, los funcionarios húngaros levantaban el teléfono para reportar de inmediato al Kremlin lo que estaba sucediendo.

Hoy, el escenario es radicalmente distinto. Péter Magyar arrasó en las urnas gracias a un enorme rechazo popular hacia la gestión de Fidesz, convirtiéndose en el legislador más votado y asumiendo la jefatura del gobierno tras lograr el visto bueno en la sesión de investidura en el Parlamento. No obstante, el sistema político húngaro presenta una particularidad institucional: el jefe de gobierno es el primer ministro (un primus inter pares al cual se le encarga formar gobierno), mientras que el jefe de Estado es el presidente, una persona distinta que es elegida por voto popular.

El problema radica en que el actual presidente de Hungría proviene de Fidesz y encarna la continuidad de esa línea prorrusa que la sociedad busca dejar atrás. Frente a este obstáculo, Magyar ya movió sus fichas. El flamante líder anunció que, a partir del próximo otoño boreal, impulsará una enmienda constitucional para iniciar el proceso de destitución del presidente.

Esta iniciativa busca modificar de raíz el funcionamiento del país y es vital para erradicar la obscena corrupción que proliferó bajo el mandato de Orbán. El símbolo máximo de este desfalco es conocido popularmente como «la autopista a ninguna parte». Se trata de obras de infraestructura —como un cruce de autopistas, un puente o una rotonda construidos en el medio de la nada— financiadas con fondos europeos a precios abultados, diseñadas exclusivamente para que los funcionarios se quedaran con el dinero de la Unión Europea.

Para desarmar este entramado, el nuevo gobierno está impulsando en el Parlamento un ambicioso paquete de medidas legales, políticas y económicas. Entre las reformas más destacadas se encuentra la creación de una agencia nacional dedicada a la protección y recuperación de activos.

Finalmente, para asegurar que la espina no vuelva a crecer, el Parlamento húngaro asestó un golpe de gracia: aprobó limitar el mandato del primer ministro a un máximo de ocho años. Esta medida impide de forma definitiva el regreso de Viktor Orbán al poder. Si bien algún «delfín» de Fidesz podría intentar postularse en el futuro, el enorme margen de victoria de Magyar hace que esa posibilidad parezca, hoy por hoy, completamente inviable.

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